Aprendiendoaescribir's Weblog

Archive for octubre 2009

«¿Una literatura femenina?

Claro que existe la literatura femenina, tenemos una mirada diferente por razones naturales y culturales. ¿Por qué negarnos a nosotras mismas ese derecho? Tenemos una mirada, me siento muy orgullosa de ella y la reivindico.»

Ángeles caso en Público (30/10/09). Entrevista completa aquí.

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No sé a quién quiero más, si a Ricky Gervais o a Stephen Merchant. Y es que no es simplemente que ambos den tanta grima (sólo a primera vista, ojo) que es mejor que se queden detrás de las cámaras. Es que estos dos no deberían moverse de ahí, porque han nacido para regalarnos su talento como contadores de historias. Que jueguen a actores, que prueben con la realización, que se entretengan… Pero que vuelvan siempre al guión.

 Ayer acabé la segunda temporada de esa pequeña obra maestra llamada The Office. Han pasado más de cuatro años desde que devoré la primera (en DVD, como una reina, sentada en una sala especial de la biblioteca de la UEA) y el visionado de la segunda (este ya más en plan underground internetero), pero la admiración que siento por las desventuras  de los empleados de  Wernham-Hogg  sólo ha hecho que aumentar. Sus miserias, su patética existencia, la vergüenza ajena, hacer que el dolor y la crueldad resuenen en el eco de cada una de las carcajadas del espectador… Son sensaciones de una genialidad que me aterra. La venganza de la revolución industrial y del neoconservadurismo se sirve en su pantalla más cercana, en plato de comedia. ¡Ah! Y con una cabecera por la que vendería a mi madre. The handbags and the gladrags that your grandad had to sweat so you could buy…

 

  

El laaaargo camino al curro. La maldición de la gran ciudad, pero el transporte público y yo somos colegas. Canal, línea roja. Subo al vagón y hoy me toca estar de pie porque llevo mi maleta para llenarla de ropa de invierno en Zaragoza.

Repaso a los viajeros de un vistazo. 1 metro más allá tengo sentado a la versión ∞.0 de Tom Ripley, con gafas incluídas. Me da pena cuando se baja en San Bernardo para continuar con su vida de ambigua perversidad, ahora ya lejos de la mía. Al chico de melena que está apoyado en la puerta le gusta la rubia de enfrente, que ignora al universo con la mirada perdida. En el vagón contiguo, uno que su vida es el hip-hop.

Tengo sentada frente a mí a la enésima lectora de Stieg Larsson de esta semana. Me gustaría que alzara la vista para decirle que ayer ví a un clon de Lisbeth Salander, pero no hay suerte. Próxima estación: Noviciado. Y se sube un tío que es pura buenez. Pero vamos a ver, ¿a mí cuándo me han gustado los pijorros? Me lo quedo observando. Él se da cuenta y agacha la cabeza. Tampoco he sido tan indiscreta, pero si se cree que me voy a avergonzar por recrearme un rato lo lleva claro. Mirar es gratis.

En Ópera corro hacia el ramal que va a Príncipe Pío. Un tren con dos paradas que no hace más que ir y venir todo el tiempo. Una vida triste, aunque bastante útil. Llego justo a tiempo para presenciar, casi a cámara lenta, cómo se me cierran las puertas en las narices. El cantante de Sidonie entona «Marcelo, Marcelo, ¡no me dejes así!». No puedo evitar reirme. Me subo en el siguiente y la estación de destino me recibe con filas de hormigas humanas y un señor que ha puesto una manta en el suelo y compone su particular altar con tarjeteros de plástico, mientras repite sin cesar: «Abono transporte, abono transporte, abono transporte…» Allá cada uno con sus mantas y sus mantras.

Subo al autobús, en la parte de atrás tengo sentado a un dandy del extrarradio (última vez que cito a Sidonie, de verdad). Cierro los ojos, es la hora de la siesta. Sueño que Gigi viene a tomar café a mi casa. «Gigi, ¿por qué dejaste a Momo? ¿No es mejor ser un humilde cuentacuentos junto al amor de tu vida que convertirse en estrella mediática?» Gigi contesta que él sólo quiere vivir de lo suyo. Ya, como todos.

Ding, dong, Avon llama. Otro día más de trabajo, me bajo a ser otra por unas horas. Esta es mi parada.

"Show me those braces"

Se dice,  se comenta, se rumorea que después de esta cuarta temporada, Ugly Betty echará el cierre. No quiero ponerme en plan frikifan o académico de estudios de tele, pero el hecho de que el doble episodio inicial (¿qué les ha dado a los yankis con los especiales este otoño?) hable de mariposas que salen del capullo, empiece con una Betty soñando que le quitan los braquets y termine con un Daniel observándola mientras ella se mete en un coche de la empresa,  apunta hacia puntos de giro importantes en los arcos de los personajes y huele a cierre de tramas conductoras.

Por lo demás, la temporada se presenta centrada en los esfuerzos de Betty por adaptarse a su nuevo cargo de editora  y en un Justin que debe aceptar el reto de pasar a la secundaria sin ocultar su identidad sexual (interesante y precioso el nuevo rol de Marc, ya esbozado en la pasada temporada, como mentor y apoyo del sobrino de Betty). También se reabre torpemente el espacio culebronero cerrado en la segunda temporada, con una inigualable Wilhelmina al frente de una trama llena de barrazo, cuyo planteamiento es predeciblemente aburrido, pero que ya nos ha brindado un gran momentazo Slater : el montaje en paralelo de Willie y su hija Nico contándole su coartada al detective de turno, diciendo cosas como «Fuimos a ver The Proposal» o «Luego hicimos un maratón de Las chicas Gilmore» mientras se las ve limpiando sangre y deshaciéndose de las pruebas del crimen.

Aunque reconozco y asumo todos sus fallos, no puedo ser objetiva con esta serie. Le tengo demasiado cariño a Betty, comulgo con su tono, me sigo riendo con los secundarios tres temporadas y una huelga de guionistas después. Y siempre le estaré agradecida a Hache Muda, la productora de Salma Hayek, por haber demostrado que se puede hacer una adaptación de calidad, a la altura de ese increíble, resultón y entretenido experimento genérico que fue Yo soy Betty, la fea.

Con el premontaje ya acabado (gracias Elena, ¡eres muy grande!), el domingo me vio amanecer con dos mantas encima de la colcha y las bacterias del catarro en proceso recesivo. Pili me despertó (ella también con su trancazo correspondiente), mi abuelo, igual de enfriado que yo, no podía mover las piernas y había tenido que desayunar en la cama.

Tampoco es algo tan inusual, el yayo Daniel es muy mayor y esto le pasa siempre que está bajo de defensas. Sólo significaba que tendría que estar un poco más pendiente de él hasta que volvieran mis padres.

Pili se marchó, a curarse lo suyo. Yo me quedé frente al ordenador. Intenté ver el corto una vez. No pude. No había suficiente distancia como para aguantar un visionado completo. Un par de mails y un paseo para comprar el pan. Volví a casa y mi abuelo seguía en la cama, sin hambre. Paciencia.

Ya eran las seis menos cuarto cuando le convencí para que comiera algo y bebiera agua. Calenté las lentejas, preparé una bandeja y me senté con él en la cama, a sujetarle la espalda mientras se esforzaba por no derramar el contenido de cada cucharada. Conforme iba tragando le iba mejorando el color. Un Membrado que come es un Membrado un paso más lejos de la tumba.

«Abuelo, ¿sabes por qué he estado tan liada estos días, que no he hecho más que venir de Madrid y no parar en casa?». Obviamente, el yayo Daniel andaba muy intrigado. Le expliqué lo del corto. Le expliqué qué era un corto, cómo me había currado el proyecto y había pedido la financiación, cómo se hacía, etc. Mi abuelo escuchaba con atención, mientras tragaba lentejas. «¿Y eso para qué te sirve?». Entonces fui yo la que tragué. Saliva. Pero la explicación me quedó casi redonda. Le dije que demostraba mi iniciativa, mi capacidad de organización y de trabajo en equipo. Le dije que además era una experiencia alucinante, que había podido trabajar con gente estupenda y que había aprendido muchísimo. Le conté que su hija actúa en la peli. Le dije que sobre todo me había servido a mí, para sentirme capaz de hacer cosas por mí misma y para ver que puedo afrontar los retos que me proponga.

«Eres muy valiente». Siempre que me dice eso tengo que respirar hondo y aguantar las lágrimas. Yo no he tenido que coger un fusil, no he emigrado por necesidad, no he pasado hambre, no he vendido todo lo que tenía para irme a la ciudad a empezar de cero… Pero según mi abuelo, soy valiente. Pequeña en estatura y en edad (desde su perspectiva, claro está), pero valiente.

Como ya nos habíamos metido en vereda emocional, me preguntó por mis amores. Bien, gracias. «Mientras tú estés contenta, haz lo que te parezca». Mi abuelo siempre ha sido genial con estas cosas, no me inculca ese temor femenino, tan a lo Bridget Jones, a acabar sola y devorada por pastores alemanes (¡mis perros favoritos!). «Yo tuve mucha suerte con tu abuela». Y me cuenta por enésima vez, su historia. Estoy preparada para escuchar, sonreir, asentir y reirme en los momento adecuados. La conozco de memoria y la disfruto siempre como la primera vez.

Resumiendo: chico de un pueblo de Teruel conoce a chica el día del bautizo de esta (mi abuelo tenía cuatro años). Pasa el tiempo, una guerra civil y mi abuelo está en la mili. Un permiso, una verbena de pueblo. La saca a bailar  una vez, espera unos turnos, la vuelve a sacar. Al día siguiente la saluda y unos días más tarde, ya desde Olot, le escribe la primera carta. Cuatro años de noviazgo, la boda, una familia y toda la vida ganando pequeñas batallas cotidianas. Nietos, la enfermedad de mi abuelo. Mi abuela muere hace ahora casi diez años. El yayo Daniel se queda un poco más solo, pero seguimos estando los demás.

Una historia que tal vez sólo sea especial para los que la hemos vivido, para los que hemos tenido y tenemos el privilegio de aparecer como figurantes, secundarios y hasta protagonistas en algunas de sus escenas. Una historia que desde luego es muy importante para mi abuelo, es la historia de su vida. Y también es importante para mí, ya que sin todo ese cúmulo de casualidades, sin esa realidad que aplasta y te empuja a seguir adelante, una servidora no estaría aquí dando por saco y con ganas de seguir con esta pequeña revolución diaria. 

Gracias, abuelo. Por hacer de tu historia la mía y por darme la posibilidad de seguir contando.

Una silla digna de mi oficio y experiencia.

Una silla digna de mi oficio y experiencia.

-Que la soledad del director mola muchísimo menos que la del guionista.

-Que todavía no sé si sentirse con la capacidad, los medios y la posibilidad de que las cosas pasen me compensa frente a una responsabilidad tan grande.

– Que odio sentirme como el patrón de una plantación de algodón.

– Recordar que la gente sigue haciendo las cosas de corazón, porque les gustan y sin cobrar (mal, muy mal, TODOS tendríamos que ganar pasta con esto). Resumiendo: Que sigue existiendo la vocación y que yo estos días me he apropiado de un buen cacho.

-Que si no me gusta rodar con niños desde luego no es por su presencia. Los míos se han  portado genial y lo hacen como auténticos cracks, pero me siento demasiado culpable cada vez que les hago repetir una toma.

– Que las resacas pueden ser bien productivas cuando TIENES que cumplir un PLAN DE GRABACIÓN.

-Que sigo teniendo pánico infinito a cagarla en cualquier momento y que en cualquier momento puedo cagarla.

– Que puedo soñar con montajes cutrísimos. (Esto es muy positivo: ¡sueño con montajes! Seguro que significa que ya pienso un poquico más en imagenes.)

 -Que dirigir a actores de edad avanzada puede ser bastante jodido, aunque impongas autoridad.

-Que no sé nada de cámaras, ni de encuadres, ni de ejes, ni de iluminación… ni de hacer las cosas bien en general.

-Que ODIO la producción , aun con todo lo necesaria que es y lo poco reconocida que está.

-Que  a una niña en un rodaje le pueden salir veinte madres y se puede sentir cómoda y contenta con todas ellas.

-Que es horrible recordar a cada momento que mis amigos, familia y demás gente a la que he engañado para que echen una mano (y un brazo, un pie, y su cuerpo y  mente)  en este embolao que he montado valen su peso en oro y yo no tengo ni un puto lingote que darles.

-Que lo que más me relaja después de estar haciendo de negrera durante horas es salir a emborracharme hasta las mil (¿Y la nena tenía que hacer un corto para darse cuenta de esto, si lleva siendo alcohólica desde los diecinueve? Pues parece que sí.) 

-Que el próximo corto que haga será de un caracol -SÓLO de un caracol- en una de las plantas de mi madre. Y lo grabaré con una videocámara casera.

 

Estilista. Te vamos a echar un conjuro que lo vas a flipar

"Estilista, te vamos a echar un conjuro que lo vas a flipar."

Estreno de la ABC para la temporada de otoño, Eastwick es una adaptación de la entretenida película Las brujas de Eastwick, la cual he podido disfrutar repetidas veces gracias a las «generosas» reposiciones de nuestra tele nacional. El film de 1987 nos ofrece a un glorioso Jack Nicholson haciendo lo que mejor sabe (mamonear al personal y ser maléfico y vulnerable a la vez), a una Susan Sarandon de divorciada amargada, a una arrebatadora Michelle Pfeifer  y a una Cher… En fin, menos operada.

Desgraciadamente la adaptación de la ABC no tiene ninguno de estos cuatro elementos. Y aunque las actrices lo hacen decentemente, Rebecca Romijin está mucho más buena que Cher (lo cual no es difícil y además dota de credibilidad al personaje) y  algunos diálogos resultan ligeramente curiosos, Eastwick es para mí una serie «de bote»: sólo la veré si no tengo nada mejor que consumir. El piloto no me convenció en absoluto, me pegué cuarenta y cinco minutos echando de menos  la película, lamentando cualquier réplica graciosa o provocadora que hacía Paul Gross («Tío, que no eres Jack Nicholson. No.»)  y mi grado de compromiso con la historia y los personajes no tenía nada que envidiar al equivalente en  visionados de  Física o QuímicaSin tetas no hay paraíso.

Ojalá yo fuera bruja y pudiera resucitar a la maravillosa Angela Carter para que les diera unos tutoriales al equipo de la serie sobre cómo ser arrebatadoramente malévolos. Y después la invitaría tomar un té con leche y scones. ¡Ay, Angela!

 

Sobremesa de sábado. Ganas de hacer algo productivo: 0. Cantidad de ideas aprovechables: 0. Número de personas sentadas frente al televisor: 2, la Rubia y una servidora. La película es Tú a Londres y yo a California, remake de la mítica Tú a Boston y yo a California (Sí, la de Hayley Mills, la mamá del cantante de Kula Shaker). Será una comedia para todos los públicos y todo lo que tú quieras, pero el detonante de la historia es más cruel que un cuento de Perrault: un matrimonio que no se soporta decide divociarse y se reparten a sus hijas gemelas, una para cada uno. Pasan once años y las niñas aún no se conocen. De verdad, eh, es que hasta la madrastra de Blancanieves tenía más corazón que estos dos…

Como ya hemos visto esta peli un millón de veces, la Rubia y yo (después de descubrir que nuestro papel higiénico, comprado en el Lidl, se llama «Frotto») nos sacamos de la manga un re-remake: Tú a la Moraleja y yo a la Cañada Real . El argumento… Bueno, digamos que el argumento es fácil de imaginar para todo aquel que sepa qué es La Cañada Real. Así que nos lanzamos a un pitching sin piedad al más puro estilo joseluismoreniano. Que si están las dos en el campamento y la chunga le dice a la pija que se tiene que dejar de lavar. Que si la escena de los agujeros en las orejas se convierte en el momento te tengo que arrancar un piño para que la máama no se dé cuenta de que nos hemos cambiao. Que si acerca la cabeza que te voy a pasar unos piojillos. Que si hoy te enseño a cortar jaco. Que si cuando la madre descubre el pastel están ellas en la tienda entre unas mantas, con la fogata en medio y la agüela removiendo el puchero, televisor de plasma al fondo…

El problema es que nos hemos quedado atascadas al llegar a la parte de la niña pija. Todo por pensar sin chocolate. Ala, me bajo a comprar unos M&Ms.

Después de ver Malditos Bastardos he sacado unas cuantas conclusiones:

1- Que Tarantino se toma tan en serio la historia de la película como la tipografía de los títulos de crédito.

2- Que Christoph Waltz es un actorazo y el Coronel Landa un personaje que envuelve su maldad en papel de celofán.

3- Que mi amor por Daniel Brühl supera los límites de lo incondicional, aunque tenga que googlear su apellido siempre  porque nunca sé dónde cojones va la h.

4- Que las películas en varias lenguas son tesoros para los oídos, a pesar de que los subtítulos no te dejen recrearte lo suficiente en un encuadre o fijarte más en algun detalle.

5- Que distanciándonos de la realidad todo se hace más ridículo, más irrisorio, más liviano y entretenido.

6- Que la Historia no la hace la gente  que sabe idiomas. La hacen los americanos. 😛


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Teasing and braiding can, like any craft, be learned. But as to determining which episodes hold promise (as oysters hold pearls), it is not without justice that this art is called divining.

PARTIDA DE NACIMIENTO