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Archive for the ‘relatos cortos’ Category

A la Rei

Son estos los momentos que atesoro. Tiradas en la cama, hablando de tu vida en común con Wentworth, el hombre de tus sueños. Cómo te cuida Wentworth, ¿eh? Echó a todos los tontos de Tudela y además te canta canciones con ese vozarrón que tiene. Tenéis una casa preciosa aunque, eso sí, sin pretensiones. La sala de lectura mira hacia el lago con la barquita por un ventanal de dos metros de alto por el que entra la luz del mediodía. Habéis contratado a uno que estudió Biblioteconomía y Documentación para que tenga todos los libros ordenados.  Para sentarse hay unos puffs que son igual de blandos que el culo de la Viol.  Ah, y este viernes  dais una fiesta en la que vamos a estar todos. Irán la Olga, la Viol, la Cagüé y el Hugo. También estarán Daniel Brülh, Juan Diego Boto, el preso de la cárcel de Zuera y Keira Knightley. También estaré yo y creo que Yann Tiersen se encargará de la música, aprovechando que estos días está por casa porque le está enseñando a Wen a tocar el xilófono. Prometo que veremos todos tus cortos: La Excursión I, II y III incluídos, con Gabi y Jessy buscándose la una a la otra por el Parque Grande en taca-taca. Dices que vas a llevar un vestido minifaldero, claro, ahora que estás fotodepilada te da todo igual. Pero que conste que te fotodepilaste por ti, porque a Wentworth le dan igual tus pelos. Él te quiere tal y como eres, Bridget. Yo iré a la fiesta con mi Oscar, ya sabes, el que me dieron al mejor guión original por Sensión Tensual. Nunca lo hubiera conseguido de no ser porque montamos esa productora con el dinero que tu Wentworth sacó de la cuarta parte de Indiana Jones. Gracias.

En mi cuarto, antes de dormir, mientras se enciende el ordenador. Una nota se desliza por debajo de la puerta:

“ Hi Encisa!

It’s Wen. I’m going to Rache’s bedroom, but before I’d like to tell you that I’ve phoned some friends and Johnny (Depp) is about to come to your bedroom.  Please take care of the woman of my dreams because I am really in love with her and I’m writing a song for her with my friend Yann (Tiersen).

Yours sincerely,

Wentworth Miller (loves) Rei-Rei (I never thought that such a perfect woman could exist)”

Y me dices por último: “Y estoy más a gusto que un arbusto. No nos vamos a dejar nunca. Bueno, si cortamos será porque yo le dejaré a él, claro”.

Zaragoza, Otoño de 2004.

"Mira qué calcamonía me ha salido en el bollicao"

EPÍLOGO: Tras el fiasco de su autobiografía Wentworth: lo negro lo escondo, el señor Miller dejó Tudela y se retiró a las calles de Nueva York, donde ahora ejerce la mendicidad profesional. En sus ratos de ocio se dedica a comer perritos calientes con salsa de tofu y guacamole. Por su parte Rei-Rei, tras una ruptura amistosa con Wen (le dejó ella, claro), se consagró en cuerpo y alma a su trabajo de reina de su reino y hoy continúa repartiendo alegría, ilusión y pompas de jabón, siempre en buena compañía.

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Sentada frente a las cartas, escuchó las palabras de la adivina:

– La dialéctica cósmica atraerá crecientemente a las fuerzas del sexo opuesto este fin de semana.

Entonces miró al cielo y se percató de que aquellas manchas negras que volaban en círculo no eran buitres.

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“Yo confío en ti”,  me dijo ella mientras los ojos se me iban detrás de una mulata de metro ochenta. “Confío en ti”, fue su frase. Pero en realidad lo que quería decir era: “Si me haces daño te arrancaré el corazón y se lo tiraré a una manada de lobos salvajes para que jueguen con él antes de comérselo”.

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La audacia, la previsión, las ganas y los anhelos se sientan a tomar cañas en una terraza. La conversación es casual, temas cotidianos plagados de referencias culturales que no hay que explicar, porque todos las entienden. Hay risas, palabras en distintos idiomas, inventadas, y algun que otro silencio seguido de un suspiro de impaciencia.

En una esquina, de pie, la incertidumbre les observa y le pega un trago largo a su whisky doble con hielo. Pronto empezarán a cantar. De momento, las canciones serán de inocencia. Las de experiencia las dejarán para otro día en el que haya más alcohol, un pelín de regusto amargo y sobre todo, sabiduría.

Hay cosas que escribimos y a las que tenemos un cariño especial. En un afán  revisionista, cuelgo aquí este relato que escribí una tarde de lluvia y oscuridad en Glasgow cuando todo estaba por comenzar. Cuando quería ser guionista pero aún no lo era. Cuando la idea de hacer un corto y que lo seleccionaran como finalista para un certamen (vaaale, solo era el de Videominuto de la Universidad de Zaragoza, pero una está muy contenta) me parecía irreal. Cuando el hecho de solicitar una subvención para realizar otro corto y que me la dieran formaba parte de un futuro muy lejano que apenas me atrevía a imaginar. Cuando yo todavía no era yo, pero había algo en mí que me decía que tenía que salir. Cuando pensaba que el poco talento que siempre he tenido me había abandonado, pero en realidad estaba hivernando, esperando mi llamada de socorro. Cuando soñaba despierta con parecerme algún día a la persona en la que me estoy convirtiendo. Cuando intuía la desesperación, la alegría del cambio y el miedo, el maldito miedo. Cuando no sabía que una persona, muy importante para mí en esos momentos, me abandonaría por el camino por ser incapaz de entenderme, de querer adaptar su ritmo al mío.  En definitiva, en la puta antesala del cambio.

Por mi cabeza rondaban ideas que me susurraron la historia que en breve pegaré aquí abajo. The Time Traveller’s WifeS.P.N.B. de Iván Ferreiro, Corazón de Tiza de Radio Futura, Bordón, mi obsesión con la infancia y un niño con el que soñé recurrentemente y cuya cabeza se convertía en helicóptero las noches de luna llena. Leyéndolo ahora, el relato me parece torpe, de prosa tosca, cambiaría la puntuación, muchas frases… Quizá algún día lo haga,  pero en estos momentos me sirve como recordatorio de una etapa en la que pensé  que estaba bién y a la que, aunque ahora la rememore con  ternura, jamás volvería. Recuerdo que al acabarlo, mi yo de entonces pensó “sé que lo puedo hacer mejor”. Solo espero no haberla defraudado y hacer que se sienta muy orgullosa algún día.

COLUMPIO

Mi cuerpo se desintegra y llego a aquella tarde cuando ya estaba anocheciendo. No estoy desnudo pero sí soy transparente. Me golpea el calor, el ruido de los grillos que empiezan a anunciar la noche que llega.

Dejo la pelota en el suelo frío de la entrada. El cemento pulido no parece mármol, pero resbala igual. Las manos me huelen a polvo y saben a suciedad, me las lavo con el último chorro de agua tibia del día. ¡Qué rico el pan con tomate cuando se hace con hogaza de pueblo! Y este jamón, hacía tiempo que no comía uno tan bueno. Me limpio la boca con la servilleta, todavía me sabe a melón. Las manos están pringosas y me las lavo otra vez.

De vuelta a la calle, mi pelota bota en el empedrado y regateo contra el viento de camino a tu casa. Dos gritos, tres, al final se oye el grito de tu madre llamándote. Te asomas a la ventana, ya bajas. El cielo se ha hecho oscuro y está cubierto de estrellas. Oigo el eco metálico de tus pasos acercándose por las escaleras. Aquí estás tú, apartando los flecos de la cortina de macarrones de plástico; con tu vestido de flores y tus bambas blancas, iluminada por la luz que sale de la ventana de los vecinos y con los grillos de fondo.

Yo con una mano en el bolsillo y con la pelota en la otra, tú tienes los brazos cruzados y me miras. ¿Qué quieres hacer? Vamos al bar, a comprar un chupa-chups. Nos compramos dos chupa-chups, el año pasado costaban  un duro menos. Son de esos que pintan la lengua, son de fresa; llevan sidral y chicle dentro pero hasta el chicle aún queda un buen rato, le acabamos de quitar el papel.

Ese vestido de flores no te iba por encima de la rodilla el verano pasado, me fijo mientras cruzamos el frontón hacia los columpios de detrás de la iglesia. Sí, tú ya me sacas un palmo, pero yo sigo siendo el que mejor tira los chutes. Te reto y tú te pones en la portería sin red, con las piernas abiertas y flexionadas, manos sobre las rodillas. Paras la pelota de un salto, con las dos manos, y me miras con aire triunfal. Sé que te escuecen las palmas aunque no digas nada.

Llegamos a la entrada del mirador y pasamos por debajo de una farola infestada de polillas. A partir de este punto la única luz es la de las estrellas. Todos los años se me olvida que cuesta un rato hasta que los ojos se acostumbran a esa oscuridad. Nos quedamos quietos durante cinco segundos, sabemos que el camino hacia los columpios está flanqueado por el balancín a la derecha y por el desagüe a la izquierda. Unos centímetros de más en cualquier dirección significan una caída segura y justo cuando estamos convencidos de que nuestros mapas mentales nos van a fallar, las formas del tobogán y del muro de piedra comienzan a dibujarse a lo lejos. Cada vez que pasa esto, es magia. Nos empezamos a reír y corremos hacia los columpios. Yo llego antes, pero te dejo el de la izquierda porque sé que es tu favorito.

El primer minuto nunca decimos nada. Nos entretenemos dándonos impulso con las piernas, primero estiradas hacia delante y luego dobladas para que los pies no toquen el suelo. Dos impulsos más tarde el suelo ya no es más que un recuerdo, escuchamos el chirrido metálico de las cadenas. El asiento de hierro se está calentando, pero ya no importa porque hemos creado viento con nuestro sube y baja, adelante y atrás. El columpio ya tiene potencia suficiente para volar por si solo, así que me concentro en sorber la saliva acumulada con sabor a chupa-chups. Tú también estás más tranquila, ha llegado el momento de ponerse de pie.

Nuestros columpios van al revés, cuando mi cuerpo está casi frente a las estrellas, el tuyo está mirando el suelo polvoriento. Cada vez que nos encontramos en el punto paralelo al suelo, nos miramos y sonreímos con el chupa-chups en la boca. En una de estas se me ocurre enseñarte una de las miles de cosas que he aprendido durante el año. Mira, mira. Y ya no sé si estás mirando porque he pegado un salto y estoy agarrado a la barra con las dos manos. El columpio sigue su recorrido, un poco más inestable porque ya no estoy montado en él. Te oigo hacer un ruido de sorpresa, me alegro de haberte impresionado.

Me he concentrado tanto en el salto que no he oído el golpe seco. Un calambre me sube desde los tobillos y estoy agachado para que el columpio no me dé en la cabeza. La giro y te veo ahí, tumbada sobre el polvo, ahora los dos columpios se mueven prácticamente igualados. No me doy cuenta de que aún tienes los ojos abiertos hasta que me acerco a ti de rodillas. Se te ha quedado cara de susto. Me hacen falta tres segundos y tres repeticiones de tu nombre sin respuesta para darme cuenta de lo que ha pasado. Dejo olvidado el balón junto al balancín y salgo corriendo. Los columpios chirrían y se balancean en la oscuridad del mirador.

Me las imagino a todas embarazadas.

Olga ha llenado su casa de ambientadores, se ha comprado perfumes de Chanel y de Yves Saint-Laurant y vive en una nube de almizcle y té de rosas.

Violeta y Raquel se han apuntado a un gimnasio, hacen yoga y aquaeróbic.

Elisa lleva seis meses sin depilarse porque leyó que el dolor físico afecta al desarrollo de los transmisores neuronales en el feto.

Violeta ya no toma el sol. Estamos en pleno mes de agosto y su piel está tan blanca como los polvos de talco que ya ha guardado en el armario del baño.

Raquel tiene hambre, hoy comerá pescado. Hace cinco meses que empezó y ya ha probado todo lo que se puede comprar en la pescadería del mercado. Le fastidia no poder probar el marisco por lo del colesterol.

Ellas siguen siendo ellas, pero lo que llevan dentro es muy diferente, es nuevo y único. Me propongo conocerlos a todos y no parar hasta saber que ese libro que les regale la tía Violeta, ése, será el libro que les cambiará la vida.

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Vivimos en un mundo en el que hay tres países: el país del pasado, el país del presente y el país del futuro. Nosotros habitamos en el del presente y aunque siempre soñamos con visitar los dos países vecinos, este es un mundo de fronteras cerradas.

Al país del futuro sólo podemos ir en sueños.  Y ya se sabe que los viajes en sueños son como esas vacaciones organizadas en las que todo está programado y uno ve el país que visita desde el autobús, sin salirse de la ruta establecida. No, en los viajes al futuro ni siquiera podemos tocar lo que vemos. No se expenden visados de turista para el país del futuro.

Sin embargo, los de inmigración temporal se muestran algo más flexibles cuando de lo que se trata es de viajar al pasado. Éste sí se puede visitar. Bueno, más bien la gente, los objetos y las situaciones que nos acompañaron un día en ese país tienen permiso para venir a visitarnos; siempre y cuando no sean del norte, claro. El norte del país se escindió casi al principio de los tiempos, es una parte oscura y caótica en la que viven las personas que han muerto. Con los del norte, los de inmigración son implacables. Se ponen sus disfraces de hombres grises y se dedican a sellarles “DENEGADO” en la frente.

La única manera que tenemos de ver a esas personas es, de nuevo, mediante un viaje organizado: el recuerdo. El recuerdo no sólo no está prohibido, sino que es una forma muy popular de viajar, aunque muchas veces resulta más complicada de lo que pensamos. El recuerdo no siempre nos enseña lo que queremos ver del pasado, ni tampoco podemos controlar a menudo cuándo irnos de viaje con él. Lo bueno es que para llevar a cabo un viaje de recuerdos te puede ayudar más gente. Afortunadamente, en inmigración son muy tolerantes con eso.


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Teasing and braiding can, like any craft, be learned. But as to determining which episodes hold promise (as oysters hold pearls), it is not without justice that this art is called divining.

PARTIDA DE NACIMIENTO