Aprendiendoaescribir's Weblog

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En la tienda del Caixa Forum hay una pecera llena de intelectuales. Raquel y yo nos la hemos encontrado esta mañana, mientras les hacíamos ojitos a los libros. Son marionetas de dedo con imanes. Oscar Wilde y Dalí estaban pegados por el cogote, siameses circunstanciales. No ha sido difícil separarlos. También hemos visto a Pávlov, adherido a su perro. Kafka estaba solo en una esquina. Y Napoleón se había caído fuera.

“Poursuivre les ètoiles

Dans le bocal à poissons

Rouges finir”

La tía Julia (la de mi mente, no la de verdad, que en paz descanse) se encuentra en algún lugar entre el momento en el que mi padre decidió ponerle un fusible a la tele para poder controlar cuánto y qué veíamos mi hermana y yo (Querido papá: ¡Ja! Tu niña pequeña va para guionista y la mayor pronto será licenciada en Comunicación Audiovisual.), y el día en el que empecé a apuntarme en el calendario de mi cuarto cuándo emitían los capítulos de mis series favoritas. La tía Julia y su casa en el pueblo: Calle Verde toda arriba-tuerce a la derecha frente a la casa de Cristina-deja a tu izquierda la casa de la tía Elisa-gira la esquina y  ya estás en casa de la Julia donde, a diferencia de la casa de la yaya Leo y el yayo Daniel, sí hay tele.

El sol de las tres y media me quemaba la nuca, pero la entrada  de la casa de la Juli  mantienía el frío como un botijo de barro.  Y subiendo por unas escaleras dignas de esta imagen, me esperaba el culebrón de La Uno. Sentada en su trono de retama y madera, con mi tío Manolo al lado, mi tía Julia hablaba con la tele:  “Ten cuidado, que esta es más mala que un dolor”, les advertía a Cristal o Abigail como si pudieran oírle.  Lecciones avanzadas de intertextualidad y Reader-response criticism mil años antes de que tuviera que estudiarme todo eso.

Cuando acababa volvía a casa y mi madre, tumbada en el sofá de la cocina a punto de sucumbir a una larga siesta veraniega, me contaba que cuando ella era pequeña venía corriendo con su prima Luisa a escuchar los seriales en la misma radio que  descansaba en la estantería de encima del sofá (¡y que aún funcionaba!). Un día tras otro. En el mismo lugar. A la misma hora.

Los vestidos de verano se han quedado mudos en el armario. Los zapatos  se ensucian a velocidad de vértigo en las ciudades grandes y  no hay manera de terminar de calentarse los pies.

Anoche, una sensación familiar pero extraña en este lugar: el rugir del viento. Y por la mañana, todo está blanco. Y hay que salir a la calle. Y una parte de ti tiene ganas de hacerse un ovillo y mandar todo a la mierda, pero otra se siente un poco como este señor:

 

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Texto nacido de la alteración que me produce leer el blog de los cabrones de los  guionistas de Anatomía de Grey.

Yo quiero sentarme alrededor de una mesa y que la jefa de equipo me proponga hablar de si yo me pondría un pañal para poder hacérmelo encima y no tener que despertar a mis tres hijos porque tengo que mear en una gasolinera en mitad de la noche.

Quiero pasarme horas discutiendo sobre el tema con mis compañeros (si hace falta, me pongo el pañal para no tener que ir al baño) hasta que me llegue la idea  que me dé la clave para sentarme a escribir ese capítulo.  Y entonces ponerme a beber agua, poleos y  coca-cola light hasta que acabe. Comer galletas, hacer descansos y hablar con todo cristo en la oficina, con el segurata, con las de la limpieza… Me da igual.

Quiero cobrar por las historias que invento, por los personajes que creo, por las marcianadas que se me ocurren y que intento aprovechar para construir más ficción. Quiero poder compartir y comentar inquietudes. Quiero que el centro de mi vida laboral sea estructurar una trama, perfilar el arco de un personaje. Quiero cotizar a la Seguridad Social por cada hora que pase dándole vueltas a un parlamento o exprimiéndome el cerebro para resolver un sketch o inventarme un chiste. Quiero la pasta que me corresponde por documentarme, por observar lo que me rodea y a los demás buscando ideas como una loca. Quiero crear y ser productiva económicamente al mismo tiempo.

Ah, y me  la bufa  lo que digan sobre el declive de nuestro modelo socioeconómico. Cuando sea una jubilada satisfecha, quiero mi pensión. Qué coño.

Alumno durante una de mis clases

Me volvéis loca. Entiendo que la transformación de gusano a mariposa es dura, pero es que hay días en los que me pregunto si saldréis de la fase de hacer el del capullo. Adolescencia. 12 letras en una palabra que engloba la que posiblemente sea la peor etapa del ser humano. Adolescencia o cómo hacerme entender la existencia de la Asociación Nacional del Rifle.

No me malinterpretéis, de uno en uno sois personas. De hecho, hasta podéis resultar  interesantes y divertidos. Pero cuando se os junta en una clase os convertís en prolongaciones del otro, en sombras de clichés, en máquinas de protestar, de interrumpir, en bolas de mala educación. Y lo peor de todo es saber que no es 100% vuestra culpa. Es como si un ente os sorbiera el cerebro y convirtiera un material de construcción de primera en paneles de uralita y cemento armado.

Venga, hoy vamos a hacer que os entrevistéis, a ver si consigo que aprovechéis el tiempo. C. se ha pedido ser Belén Esteban, D. es el Follonero. No, si cuando digo que hay material… S. va  de periodista de la Cuore y me pregunta cómo se dice tomar cocaína, a lo que C. reacciona pidiéndome -eso sí, en inglés- las traducciones para porros, maría, etc. De momento poned “take drugs”, la clase sobre estupefacientes ya la daremos cuando os portéis mejor. Terminamos, no han hecho un gran trabajo pero se lo han pasado bien. La entrevista con la Esteban es, sin duda, el gran momento del ejercicio: “I take drugs and I hit Andreíta, because she don’t eat the pollo“.  “I’m sorry, she doesn’t eat the…?” Siete voces me responden a la vez: “CHICKEN!!”

Toca hacer actividades de  un libro que me aburre hasta a mí. Esta unidad habla del medio ambiente. Trees, fires, rainforest, forest. “Teacher, eso es bojque“. BoJque. De los creadores de “Ejque” y “Loquepajque”, llega la película de terror lingüístico que dejará el hemisferio izquierdo de tu cerebro como una piña colada. Suelto una carcajada involuntaria. Si me dicen algo, les repetiré por enésima vez que se dirijan a mí en inglés. En muchos momentos tienen tantas ganas de contestarme que se obra el milagro y consigo hacerles articular palabras en la lengua de Shakespeare y Paris Hilton.

Por ejemplo, C.  me cuenta (con un lenguaje fragmentado, pero con una capacidad comunicativa que ya la quisiera Rajoy) que cuando no va a clase sus profesores del instituto montan una fiesta. Por lo visto habla mucho. “Surprise, surprise!”, le contesto. Hasta me siento un poco orgullosa cuando veo que ha cazado la ironía al vuelo. Les pregunto qué quieren ser de mayores. Tengo tres maestras de infantil, otra que duda entre la enseñanza y el periodismo, un maestro de primaria, un informático, una doctora o diseñadora y otro que dice que quiere ser un ingeniero de esos que ganan mucho “money, money”. Respiro tranquila. De momento ninguno sois carne potencial de Gran Hermano Madres Adolescentes.

Montamos una competición de verbos irregulares. Se insultan (¡pero en inglés!) y hacen trampas, aunque salen de forma voluntaria a la pizarra.  Y luego que La Clase es mi película favorita del año pasado… En fin. Si no puedes vencerlos, por lo menos échate unas risas.

¿Una literatura femenina?

Claro que existe la literatura femenina, tenemos una mirada diferente por razones naturales y culturales. ¿Por qué negarnos a nosotras mismas ese derecho? Tenemos una mirada, me siento muy orgullosa de ella y la reivindico.”

Ángeles caso en Público (30/10/09). Entrevista completa aquí.

Con el premontaje ya acabado (gracias Elena, ¡eres muy grande!), el domingo me vio amanecer con dos mantas encima de la colcha y las bacterias del catarro en proceso recesivo. Pili me despertó (ella también con su trancazo correspondiente), mi abuelo, igual de enfriado que yo, no podía mover las piernas y había tenido que desayunar en la cama.

Tampoco es algo tan inusual, el yayo Daniel es muy mayor y esto le pasa siempre que está bajo de defensas. Sólo significaba que tendría que estar un poco más pendiente de él hasta que volvieran mis padres.

Pili se marchó, a curarse lo suyo. Yo me quedé frente al ordenador. Intenté ver el corto una vez. No pude. No había suficiente distancia como para aguantar un visionado completo. Un par de mails y un paseo para comprar el pan. Volví a casa y mi abuelo seguía en la cama, sin hambre. Paciencia.

Ya eran las seis menos cuarto cuando le convencí para que comiera algo y bebiera agua. Calenté las lentejas, preparé una bandeja y me senté con él en la cama, a sujetarle la espalda mientras se esforzaba por no derramar el contenido de cada cucharada. Conforme iba tragando le iba mejorando el color. Un Membrado que come es un Membrado un paso más lejos de la tumba.

“Abuelo, ¿sabes por qué he estado tan liada estos días, que no he hecho más que venir de Madrid y no parar en casa?”. Obviamente, el yayo Daniel andaba muy intrigado. Le expliqué lo del corto. Le expliqué qué era un corto, cómo me había currado el proyecto y había pedido la financiación, cómo se hacía, etc. Mi abuelo escuchaba con atención, mientras tragaba lentejas. “¿Y eso para qué te sirve?”. Entonces fui yo la que tragué. Saliva. Pero la explicación me quedó casi redonda. Le dije que demostraba mi iniciativa, mi capacidad de organización y de trabajo en equipo. Le dije que además era una experiencia alucinante, que había podido trabajar con gente estupenda y que había aprendido muchísimo. Le conté que su hija actúa en la peli. Le dije que sobre todo me había servido a mí, para sentirme capaz de hacer cosas por mí misma y para ver que puedo afrontar los retos que me proponga.

“Eres muy valiente”. Siempre que me dice eso tengo que respirar hondo y aguantar las lágrimas. Yo no he tenido que coger un fusil, no he emigrado por necesidad, no he pasado hambre, no he vendido todo lo que tenía para irme a la ciudad a empezar de cero… Pero según mi abuelo, soy valiente. Pequeña en estatura y en edad (desde su perspectiva, claro está), pero valiente.

Como ya nos habíamos metido en vereda emocional, me preguntó por mis amores. Bien, gracias. “Mientras tú estés contenta, haz lo que te parezca”. Mi abuelo siempre ha sido genial con estas cosas, no me inculca ese temor femenino, tan a lo Bridget Jones, a acabar sola y devorada por pastores alemanes (¡mis perros favoritos!). “Yo tuve mucha suerte con tu abuela”. Y me cuenta por enésima vez, su historia. Estoy preparada para escuchar, sonreir, asentir y reirme en los momento adecuados. La conozco de memoria y la disfruto siempre como la primera vez.

Resumiendo: chico de un pueblo de Teruel conoce a chica el día del bautizo de esta (mi abuelo tenía cuatro años). Pasa el tiempo, una guerra civil y mi abuelo está en la mili. Un permiso, una verbena de pueblo. La saca a bailar  una vez, espera unos turnos, la vuelve a sacar. Al día siguiente la saluda y unos días más tarde, ya desde Olot, le escribe la primera carta. Cuatro años de noviazgo, la boda, una familia y toda la vida ganando pequeñas batallas cotidianas. Nietos, la enfermedad de mi abuelo. Mi abuela muere hace ahora casi diez años. El yayo Daniel se queda un poco más solo, pero seguimos estando los demás.

Una historia que tal vez sólo sea especial para los que la hemos vivido, para los que hemos tenido y tenemos el privilegio de aparecer como figurantes, secundarios y hasta protagonistas en algunas de sus escenas. Una historia que desde luego es muy importante para mi abuelo, es la historia de su vida. Y también es importante para mí, ya que sin todo ese cúmulo de casualidades, sin esa realidad que aplasta y te empuja a seguir adelante, una servidora no estaría aquí dando por saco y con ganas de seguir con esta pequeña revolución diaria. 

Gracias, abuelo. Por hacer de tu historia la mía y por darme la posibilidad de seguir contando.


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Teasing and braiding can, like any craft, be learned. But as to determining which episodes hold promise (as oysters hold pearls), it is not without justice that this art is called divining.

PARTIDA DE NACIMIENTO