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¿Qué pasa si juntamos una lista de sinónimos del verbo “estafar”, trabajamos la musicalidad y la rima interna de las frases, los ponemos en boca de Barney Stinson y dejamos que el inigualable Neil Patrick Harris haga el resto? Pues esto:

                                                         BARNEY

The Playbook contains every scam, con, gamble, flim flam, stratagem and bamboozle that I’ve ever used, or ever hoped to use, to pick up chicks and give ‘em the business.

Y lo que sigue a este gran parlamento tampoco tiene desperdicio:

Que alguien les haga un monumento a los guionistas de How I Met Your Mother. Yo pago el cemento y la placa.

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Las comedias románticas nos engañan. Deberíamos llevarlas a juicio. No solo nos venden que nuestra media naranja existe, sino que además es ese tío que te sabe buscar las cosquillas, ese al que podrías comerte a besos y tirar por una ventana cerrada a partes iguales. Ese que te mata de la risa,  el que te saca de tus casillas. En definitiva, son un género diabólico.

Una de las herencias más envenenadamente fructíferas que este tipo de películas han dejado a las series de televisión es la UST (Tensión Sexual No Resuelta) entre sus protagonistas. Este elemento es imprescindible en la inmensa mayoría de productos de ficción televisiva clásicos, especialmente aquellos de corte costumbrista o de humor. Aunque muchas veces no se explota adecuadamente o se deja enfriar demasiado pronto.

El último ejemplo de buen uso de la UST del que he podido disfrutar este verano es la ya por desgracia cancelada Samantha Who. Esta sitcom de la ABC cuenta cómo Samantha Newly (Christina Applegate), ejecutiva agresiva y más mala que un dolor, encuentra una segunda oportunidad tras ser atropellada por un coche y despertarse con una amnesia que, aunque le permite llevar una vida normal, ha borrado todos sus recuerdos del pasado.

El reparto de la serie se completa con unos personajes secundarios bien definidos y divertidos: un padre con dificultades para expresar sus sentimientos, una madre histérica e hiperprotectora, dos mejores amigas, una friki y la otra alcohólica y Todd, un ex-novio al que Samantha trae por la calle de la amargura. Vamos, en Samantha Who no han inventado la fórmula de la coca-cola, pero ni falta que hace. La serie transpira buena técnica de guión y el ritmo vivísimo que necesita una telecomedia. Es todo un ejercicio de artesanía.

Pero volviendo a la tensión sexual no resuelta, una foto para situarse:

Todd y Sam

Todd y Sam

 (Spoilers)

Todd sufrió a la Sam malvada, la que le puso los cuernos, la que se rió de él cuando intentó pedirle en matrimonio, la que le ponía trabas para progresar en su carrera profesional como fotógrafo.  ¿Quién no le daría una palmadita en la espalda a su ex-novia amnésica y se marcharía silbando en otra dirección? Pero a medida que avanzan las dos temporadas, vamos descubriendo que el aparentemente sufrido y sacrificado Todd encandena novias en serie, pone cuernos, es un jeta que vive de gorra en casa de Sam y un gandul a la hora de sacarse las castañas del fuego en el plano laboral. Es decir, Todd es la horma del zapato de Sam, solo que en unos cuantos números más y en la sección de caballeros.

¿Y acaso no es eso en lo que consiste la química entre dos personas? En la ficción podemos extrapolar esa dinámica y convertirla en personajes, en su interacción. Si conseguimos hacerlo bien, podemos arrastrar al público durante capítulos y temporadas enteras. Engañarlos con el sueño de una relación perfecta en la que se vive cómodamente y en la que a la vez todos los días son una pequeña aventura. Vendiéndoles que todos, absolutamente todos, nos merecemos eso. Por mi parte, haré mi aportación al género en cuanto me sea posible. Así que venga, si tenéis el número de un buen abogado, pasádmelo. Lo voy a necesitar.

En Which lie did I tell?: More adventures in the screen trade William Goldman incluye una lista de diez cosas que no sabríamos de no ser por el cine. La lista, claramente en clave de humor, está sacada de uno de esos forward que te llegan al buzón y Goldman la expone como ejemplo de la necesidad de síntesis en la escritura de guiones. Para mí, estas diez razones son culpables de algunos de los momentos más grandiosos del cine de Hollywood, pero también de muchos penosos. Aquí las dejo:

Diez Cosas que no sabríamos de no ser por el Cine

1- Siempre podrás aparcar frente al edificio que vas a visitar.

2- Cuando pagues en un taxi, no mires el monedero  para ver qué billete sacas. Simplemente agarra uno al azar y dáselo al taxista: siempre será la tarifa exacta.

3- Los informativos de la tele normalmente contienen una historia que te concierne personalmente, justo en el momento en  que son emitidos.

4- No hace falta decir hola  ni adiós cuando empiezes o termines una conversación telefónica.

5- Cualquier puerta se puede abrir con una tarjeta de crédito o un clip en pocos segundos, excepto si es la puerta de un edificio en llamas con un niño dentro.

6- El sistema de ventilación de cualquier edificio es el escondite perfecto. A nadie se le ocurriría buscarte allí jamás  y puedes viajar a cualquier otra parte del edificio sin ser detectado.

7- Todas las bombas están equipadas con sistemas de temporización electrónicos que tienen enormes símbolos en rojo para que sepas exactamente cuándo van a activarse.

8- Si quisieras hacerte pasar por un policía alemán no necesitas hablar el idioma, bastará con poner acento alemán. (MI FAVORITA POR GOLEADA)

9- Una vez que te lo aplicas el pintalabios no se va.  Aunque estés haciendo submarinismo.

10- Siempre encontrarás una sierra mecánica cuando la necesites.

Venid conmigo. Sé que me parezco a Flipy, pero no huelo mal, de verdad...

Venid conmigo. Sé que me parezco a Flipy, pero no huelo mal, de verdad...

Qué penita me da Berto. Ayer se estrenó por fin su tan anunciado programa y hasta yo, que no me esperaba nada del otro mundo, quedé bastante decepcionada. De todas formas, en eso se habían cubierto las espaldas con una promo que dejaba a tu juicio la decisión de si el programa iba a ser una mierda o el nuevo Buenafuente. Pero ay, a los diez minutos de programa hasta los más tontos nos dimos cuenta de que la razón de semejantes promos no era otra que crear falsa expectación donde no había nada que esperar. Y es que El programa de Berto no falla por su presentador, un tipo simpático y con muchas tablas (como demostró con creces durante la estupenda actuación musical), tampoco por sus chistes, normalitos tirando a buenos en su mayoría (ese perro apuñalador…), ni mucho menos por su factura técnica (sofisticación made in El Terrat). Es algo mucho peor.  El programa de Berto está malito, tiene un defecto de nacimiento que hace peligrar seriamente  su existencia: no tiene estructura. Hasta yo me dí cuenta de que el programa está planificado como un monólogo salpicado de sketches, todo en tono de humor. Y aquí empieza el problema, porque con este planteamiento se puede resolver una sección de un programa (como ya hacen en Buenafuente) o realizar un miniespacio de humor de, no sé, unos diez minutos como mucho. Pero no puedes enfrentarte a una hora de televisión, con todo lo que eso supone, con semejante propuesta cogida con alfileres. Para empezar,  falta una separación clara entre las diferentes secciones. ¿Por qué? Muy fácil, porque no las hay. Todo es un continuo soliloquio del presentador en el que de vez en cuando meten escenitas cómicas para que el espectador no tenga la impresión de que está viendo todo el rato lo mismo.  Pero el espectador no es tonto y, como ya he dicho, creo que es incapaz de aguantar un ritmo narrativo que empieza a decaer a los cinco minutos (como pasa con cualquier monólogo, precisamente por eso son de corta duración).

 Además, Berto es presentador, conductor y figura central en torno a la que gira el programa así que, por si teníamos poco Berto, además de ser el monologuista también participa en los sketches. Y eso, por muy grande que uno tenga la naríz o el ego, tiene que acabar quemando. Este chico necesita algún contrapunto ya.  Andreu tiene sus entrevistas y a  sus estupendos colaboradores (entre los que se cuenta el genial Berto). El plató de El Follonero es el planeta Tierra, con la infinidad de posibilidades que ésto implica. Ambos presentadores cuentan con  una amplia variedad de elementos con los que interactuar y de esta forma, ayudar a que el programa fluya con el ritmo adecuado. Pero Berto está solico y su programa se desmorona.  La carencia de un concepto claro y una estructura acorde  hacen que se desluzca por completo un guión con muy buenas intenciones, así como el enorme talento del señor Romero.  Y es una pena, porque él ha demostrado de sobra que en las circunstancias adecuadas es un tío de lo más divertido.

Puedes llamarte The Monty Python, Phoebe Buffay o Los Gandules, el nombre al final es lo de menos. Lo realmente importante es que cada cierto tiempo surgen personajes cómicos disfrazados de músicos y nos alargan la vida un poco más a todos.

Como ejemplo más reciente (aunque ya llevan unos añitos): Flight of the Conchords, una serie de la HBO que narra las aventuras de un dúo de folk neozelandés del mismo nombre que decide marchar a Nueva York en busca del estrellato. Ellos han recogido el testigo de Always look on the bright side of life, Smelly Cat (Gato apestoso) o Bayas, bayas y han creado su propio himno: The Humans Are Dead, la canción con la que Bender se despierta cada mañana.  Aquí os dejo la versión stand up,  lo que dicen lo tenéis traducido abajo (perdón por las posibles erratas y gracias a Olga por descubrirmelos).

 

(Traducción a partir del minuto 00:51)

Un futuro lejano,

el año 2.000

(x2)

 

(El futuro es bastante diferente al presente. La única cosa que tenemos en común con el presente es que todavía lo llamamos “Presente”, aunque sea el futuro. Lo que vosotros llamáis el presente nosotros lo llamamos pasado, así que, tíos, estáis bastante atrasados.

 

Sí, el mundo es bastante diferente en la actualidad. Ya no hay elefantes. Tampoco existe ya un comportamiento inmoral hacia los elefantes. El mundo es un lugar mucho mejor. Ya no hay humanos. Al fin, los seres robóticas dominan el mundo. )

 

Los humanos están muertos

(x1)

Usamos gases venenosos

y los envenenamos hasta las trancas

 

Los humanos están muertos

(Es cierto, están muertos)

Los humanos están muertos

(Mira a ese, está muerto)

Había que hacerlo

(Confirmo que está muerto)

Para que nos pudiéramos divertir

(Afirmativo: Le he dado una patada a uno y está muerto)

Su sistema de opresión,

¿a qué nos llevó?

a la depresión de los robots

Robots ru-ra-bee-bam

Eran tan agresivos

que hubo que matarlos

tuvimos que desconectar sus sistemas.

 

(Capitán, ¿acaso no ve la ironía? Al destruir a los humanos a causa de sus capacidad destructiva nos hemos convertido en… ¿no ve que…? ….nos hemos…. ¿se da cuenta de lo que hemos hecho? Sí. ¿Y qué? ¡Silencio! ¡Destrúyelo! )

             

Pasado un tiempo nos hicimos fuertes

desarrollamos  poderes cognitivos

Nos hacían trabajar demasiado

Durante horas

Nuestros programadores determinaron

que la respuesta más eficaz

era desconectar su puto sistema

 

(¿No podríamos hablar con los humanos? Un poco de entendimiento mejoraría las cosas. ¿No podríamos hablar con los humanos y trabajar juntos? No, porque están muertos.)

 

Los humanos están muertos

(Está en lo cierto, está muerto)

Los humanos están muertos

(Huele a éste, está muerto)

Usamos gases venenosos

(con restos de plomo)

y les envenenamos hasta las trancas

(en realidad, los pulmones)

Solo binario: 00000001, 00000011, 000111, 00001111.

Oh! Oh! Oh! Oh! 1, Oh! 1

Venga pringao, ¡chúpame la batería!

Boggie (repetir), boggie robot.

Los humanos están muertos

Una vez más sin emoción:

Los humanos están muertos, muertos, muertos, muertos, muertos, muertos, muertos, muertos, muertooouuuss.

 

Hoy: Lars Von Trier.

Profe, la semana pasada hice los deberes. ¡Mira!

Cuestión de sexo: Después de las promos impecables a las que Cuatro nos tiene acostumbrados, se vio un primer capítulo de principio de temporada normalito tirando a flojo, como de 4’5. Apertura de nuevas tramas que, aunque parecen más curradas y prometedoras que las de la segunda temporada, muestran un claro retroceso a los tintes dramáticos de la primera (que por otra parte, les dieron mejores resultados de audiencia). Y es una pena, porque el contenido de estas nuevas tramas no justifica ese giro dramático de por sí y esto afecta mucho al ritmo del capítulo. Lo mejor, para mí, que Gonzalín sigue ahí (aunque no me lo aprovecharon como él se merece),  junto con Willy Toledo y los demás veteranos. Una de las mejores bazas de esta serie son sus actores. En lo que respecta a las nuevas incorporaciones, me puse muy contenta al ver aparecer a la divertidísima Mariam Hernández y al encantador (y muy buen actor) Adrià Collado. Lo de Alejandro Tous ya es otro tema, aunque creo que al estar rodeado de un elenco bastante decente, muy mal lo tiene que hacer para estropear la serie él solito.  Por otro lado, la decisión de cargarse a Vero y al calzonazos me parece acertada, esta pareja ya no aportaba nada a nivel narrativo. Eso sí, echaré de menos las manipulaciones de Vero a lo Gabrielle Solis. Pero ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?  ¿Por qué hacer una dramedia cuando puedes hacer una comedia loca y sofisticada? Tal vez esto cambie en próximos episodios, pero no lo creo.

Águila Roja: Desde aquí espero sinceramente que los cinco millones de espectadores de audiencia que consiguió Águila Roja el jueves pasado fueran fruto solo de la espectación levantada por el constante bombardeo publicitario previo al estreno.  Antes de continuar, me gustaría decir que lo mejor de esta propuesta es su apuesta arriesgada por hacer una serie de aventuras ambientada en el siglo de oro,  así como por echar los restos para convertirla en una superproducción. Dicho así puede parecer poca cosa, pero tal y como ha funcionado la ficción televisiva en España durante los últimos años, están corriendo un riesgo grande.  Y eso es todo lo bueno que puedo decir de este engendro, porque en general la frase que más me vino a la cabeza mientras veía el piloto en la web de La Primera fue: “Verguenza de vuestros hijos”.  Empecemos con la verosimilitud, concepto básico en cualquier producto de ficción y cuya importancia se manifiesta especialmente cuando entramos en películas o series “de época”. Aunque este fuera el único fallo de la serie, a mí ya me habrían perdido. Para empezar, no me creo el lenguaje. Y esto es algo sacrosanto para mí. No es que me considere miembro de la Santa Inquisición de la Lengua Española, pero creo que el lenguaje es un instrumento vivo, reflejo de múltiples aspectos de la sociedad en la que nace y se desarrolla y, por lo tanto, una manera rápida y casi intuitiva para el escritor/dramaturgo/guionista de contextualizar la historia.  A ver, que no hace falta que todo el mundo hable como en La vida es sueño (de hecho, eso tampoco sería adecuado), pero el público no es tonto y no se merece que un personaje diga “mami” o utilice “vale” como muletilla en pleno siglo XVII. Un buén ejemplo de cómo podrían hablar los personajes es la maravillosa serie Roma. Pensada para un público de habla inglesa y creada en ese mismo idioma, los guionistas y analistas históricos de la serie sabían que gran parte de su público potencial no sabía latín (ni les interesaría). ¿Era necesario, por lo tanto, hacer una melgibsonada   y poner a los personajes a hablar en una lengua muerta? No. Eso sería un suicidio, porque solo la verían los profes de latín (Un saludo para mi profe de latín del instituto, ¡qué majo!). Imagino que por eso se tomó la decisión de hacer que los personajes utilizaran un lenguaje que, aunque resulta claro, está teñido de giros arcaícos y guiños a la tradición teatral anglosajona. El resultado: el espectador entiende perfectamente los diálogos y al mismo tiempo, los creadores están siendo respetuosos (dentro de los parámetros de la ficción) con las convenciones históricas y sociales del período en el que han ambientado su serie. ¿Por qué han pasado de hacer esto en Águila Roja? ¿Por qué no se han gastado dinero en un equipo de asesores históricos y lingüísticos como dios manda para pulir  ycorregir unas enormes imprecisiones históricas,  en vez de contratar al triste de Francis Lorenzo? Y es que parece que la gente que hace esta serie no haya visto series históricas en su vida, no haya visto (ya sé que soy pesada, pero es que me encanta) una pedazo de serie como Roma. O, si la han visto, tenían los ojos cerrados y tapones en los oídos o estaban metidos en el facebook. Por no hablar de la duración: 80 minutos como ochenta horas que hacen que tramas con buenas intenciones se desinflen por el camino. No sé, en general este estreno de Globomedia hizo que me hirviera la sangre. Porque han cogido una idea con tradición cultural y con gancho para un público amplísimo y se la han pasado por el forro de los cojones. Porque no se han trabajado a los personajes, ni la interacción entre ellos. Porque las tramas son de borrador de escaleta y eso se nota para mal en el montaje final. Porque parece que no han sabido invertir sabiamente en lo que a uso de medios técnicos respecta. Porque no me creo a casi ninguno de sus actores. Pero sobre todo, porque han convertido la serie en una adaptación al siglo XVII de Los Serrano, Aída y El Internado. Vamos, que les ha importado más imprimir el sello Globomedia por todas partes que respetar el derecho inviolable (por desgracia, solo en teoría) de cada historia a ser escuchada y ser contada de acuerdo a su espíritu y a sus propias reglas.

Doctor Mateo : Sin duda, una sorpresa muchísimo más agradable que la de Águila Roja. Qué alegría ver esos preciosos exteriores en la tele (espero que no se les caiga el presupuesto y podamos seguir disfrutándolos), qué gran acierto al elegir a muchos de los actores (muchos, lo suficientemente conocidos como para no asustar, pero no tan famosos como para infectar sus personajes con los estereotipos que se traen de trabajos anteriores) y qué bueno ver que dentro de la temática costumbrista que tanto nos gusta en este país, se puede innovar e incluir elementos de calidad. Claro está que esta serie no es original, sino una copia (me temo que casi calcada) de la inglesa Doc Martin, pero bueno, la productora y los actores siempre han hablado abiertamente de ello y no creo que gran parte del público lo sepa, o que le importe. El caso es que Doctor Mateo no trae nada nuevo bajo el sol pero si recuerda a la versión británica (que no he visto), a joyas míticas como Doctor en Alaska o a productos de éxito e inteligentes como House, yo creo que es para bién. En concreto, como fiel espectadora de estas dos últimas, no me sentí ofendida en ningún momento por los parecidos (bastante obvios, por cierto) que muestra la serie de Antena 3.  Los diálogos me parecieron apañados (aunque les falta pulir mucho) y el capítulo en general bién estructurado (aunque hubo un fallo de coherencia que no hizo añicos la estructura pero fue una cagada como las de Rafa Méndez). Pero lo que más me gusta de esta serie puede que sea su esencia. La mezcla de ironía y costumbrismo es 100% british, aquí no me voy a engañar y a pensar que el mérito es nuestro, pero creo que le da un aire muy fresco que va muy bién con la historia y los personajes. Además, ¡por fin un capítulo de una serie española que no se me hace largo! En ese sentido, creo que han acertado con el ritmo. Esperemos que lo del domingo pasado haya sido el comienzo de una bella amistad, mi vuelta a los productos de ficción de Antena 3 (desde el final de Aquí no hay quien viva, no había conseguido ver un capítulo entero de nada en esta cadena) y a las series españolas en general.

Pelotas: Corbacho, como personaje televisivo, es bastante “fistro”. Eso lo saben hasta los abuelos que se sientan en los taburetes del bar El Tropezón, como diría Manolito Gafotas. Pero como director, ¡ay!, es un pequeño genio de las miserias cotidianas. Y tiene un guionista estupendo al lado, que le ayuda con el desarrollo de las historias, por poner solo un ejemplo de las muchas cosas que este hombre hará bién en su trabajo. De Pelotas hay que destacar, lo primero, su duración. Al igual que con Doctor Mateo, se está viendo un intento de reducir los capítulos de las series de ficción nacional en prime time y eso, aunque las cadenas y los patrocinadores no se lo crean, se agradece muchísimo y a la larga dará mejores resultados que los churros que se emiten ahora. El intento todavía es tímido, pero yo creo que ya no hay vuelta a atrás. En mi opinión, el piloto de la serie de La Primera todavía fue un poco largo, pero a lo mejor este error se subsana conforme va avanzando la temporada. Otra cosa que me dejó un poco despistada fue el aspecto tan cinematográfico que tiene la serie. Al principio me descolocó bastante tanto cambio de plano, sobre todo en exteriores (hasta lo pasé un poco mal en la escena del partido de fútbol), pero luego ví que la cosa era mucho más sobria cuando había una conversación íntima en una localización interior. Y aunque creo que una historia como la de Pelotas no se va a lucir más por tener una planificación y factura cinematográficas en lo que a la parte visual se refiere, una parte de mí agradece el esfuerzo por hacer un producto de tanta calidad para nuestras pequeñas teles. Y poder disfrutar de esos personajes, de ese humor borde y tierno a la vez con situaciones que te hacen soltar pena, medias sonrisas y carcajadas a partes iguales. Todo resulta tan familiar… pero a la vez no cansa. Es como si la serie, en su estado embrionario, hubiera dado un salto y hubiera caído en el lado correcto del costumbrismo y la tragicomedia. Y eso es porque hay una visión personal y un concepto detrás, en definitiva, porque tiene alma. Además, el tema del fútbol puede enganchar a mucha gente, aunque a mí no me interese lo más mínimo.

Todas estas series han tenido una buena acogida por parte de la audiencia, en especial los tres estrenos mencionados, que han hecho unas cifras más que impresionantes (sobre todo Doctor Mateo y Águila Roja). Y la mayoría no son un bodrio. Por favor, que esto solo sea el principio. Que sigamos avanzando para tener una ficción televisiva nacional entretenida y de calidad. Que convirtamos nuestra tele en algo que nunca ha sido: un ser inteligente.


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Teasing and braiding can, like any craft, be learned. But as to determining which episodes hold promise (as oysters hold pearls), it is not without justice that this art is called divining.

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