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Posts Tagged ‘cosas de chicas

Aquí dejo este texto que escribí en el último cumpleaños de mi «mamma». Los vínculos familiares (de sangre o de convivencia) mueven el mundo. Madre no hay más que una y a ti te encontré en un bar. Que El Corte Inglés se aproveche de ello no tiene nombre, pero qué le vamos a hacer.

Emilia llegó a este mundo un frío día de Febrero y los que teníamos que llegar después le estaremos eternamente agradecidos. Emilia es la ley y la luz. La promesa de que otro mundo, tu mundo, es posible. De ella aprendes cómo luchar para hacerlo realidad. Emilia es el amor que no conoce límites y a veces te desborda, pero casi siempre te achucha y te protege, aunque le cueste mucho dejarte marchar.

Emilia se mira en nuestro espejo y revela sus múltiples formas: roca de acantilado, perro guardián, cama recién hecha con olor a sábanas limpias, paño de lágrimas, payasa estrella de un espectáculo que inventó ella. Y cuando Emilia se ríe y se pierde y se deja llevar, te arrastra en su torbellino. Si sabes navegar en ese huracán de caóticas y divertidas conexiones mentales, podrás vislumbrar a la Emilia verdadera. Radiante, ácida, cómoda en el lugar que tanto ha trabajado por conseguir. El suyo para ella pero también para los suyos.

Emilia es muchas cosas que no alcanzamos a describir con palabras y las piezas del puzzle nos las tendrían que dar otros, los que están con ella en las demás facetas de su vida. Emilia es mucho mejor que un sueño hecho realidad, es una persona de verdad. Emilia es nuestra madre.

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Tenemos tendencia a proyectar nuestros sueños y frustraciones en los demás: «Deberías dedicarte a la fotografía», «Tú vales para la medicina», «¿Que el circo ha llegado a la ciudad? ¡Pues únete!».

Muchísima gente me ve como una profe con mayúsculas. Más allá de mi calidad como profesional de la enseñanza (de la que no estoy muy segura: improviso demasiado, soy muy exigente con los alumnos y me importan un pito los sucesos del día en cuanto salgo por la puerta), lo cierto es que me he ganado esa imagen a pulso. O si no, ¿por qué respondo que soy profesora cuando me preguntan a qué me dedico? La respuesta adecuada me la sé de memoria: «Escribo, y hasta que eso me dé de comer me gano la vida dando clases».  Y sin embargo, la articulo poco.

Hubo un tiempo en el que sí me planteé la enseñanza, pero la de mi idioma, esta lengua hermosa con la que traduzco mis sueños y mis historias. Quería «evangelizar» el español como segunda lengua pero saltándome el chunguerío colonialista. Tendría que haber estudiado hispánicas, ¿no? Creo que me arrepentí durante dos segundos de no haberlo hecho. Durante mis años de estudiante mi asignatura favorita, en la que tuve los mejores profesores, siempre fue Lengua. Nunca inglés. Inglés era una cosa que estudiaba dentro y fuera del colegio y que me sacaba sin ningún esfuerzo. Lengua eran los cuentos, los poemas, las novelas. Era saber que con los sustantivos damos nombre a la realidad que nos rodea, que los verbos son acciones, que los adjetivos clasifican, diferencian y personalizan. La palabra, el sintagma, la oración, el texto y el discurso. Casi todos los sentimientos más profundos que he sentido los he expresado en español, siempre el faro de mi idiolecto emocional.

Pero volvamos a la chica. Con tu nivel de inglés, con tu carrera y con más de la mitad de tu familia dedicada a la educación… 2+2= profesora, ¿no? Puede que las matemáticas sean una ciencia exacta, pero la vida no lo es. Hay demasiada gente a la que le parece que soy esa clase de persona que siempre coge el camino más recto. No es que me las dé de imprevisible (bueno sí, es mi peli y la cuento como quiero), pero no podrían estar más equivocados. Me encanta coger el camino más largo, dar rodeos y sentarme a descansar a la sombra de un árbol. Y lo seguiré haciendo.

Pero cuando eres de provincias a veces parece que la falta de pragmatismo o la búsqueda de nuevos horizontes te apartan de tus raíces. Porque si tengo todo lo necesario para estudiarme una oposición, ¿por qué no me la saco? Con el debido respeto a todos aquellos que alguna vez se han hecho esta pregunta sin más objeto que la pura curiosidad y las ganas de verme asentada y con la vida resuelta: Soy Sagitario, soy un culo de mal asiento atrapado en un trasero anodino. Vivo perdida en mi mundo 24 horas al día aunque tú, vosotros y ellos no lo sabréis jamás. Soy la nuera perfecta que un día saldrá de su casa maleta en mano para no volver. Sé que si sopla el viento del Este, ya no hay nada que hacer. Mi única constante es narrar hacia delante. Yo llamo felicidad a lo que muchos de los que me quieren bien llaman «plan de vida de la futura suicida». Y por seguir con la tónica adolescente: Esa oposición… sacadla vosotros y que os aproveche.

‘Action is character. If we never did anything, we wouldn’t be anybody.’

Abrir la ventana  un día lluvioso y escuchar a alguien silbando:

Esto sí que no tiene precio.

Analfabetas pero actrices de éxito en ‘La casa de Bernarda Alba’

Analfabetas pero actrices de éxito en 'La casa de Bernarda Alba'  (Imagen: Jorge París)

Las actrices de ‘La casa de Bernarda Alba’ posan en el Teatro Español de Madrid. (Imagen: Jorge París)

  • Son analfabetas, pero interpretan con éxito el drama de Lorca.

Noticia completa en: http://www.20minutos.es/noticia/644170/0/gitanas/bernarda/alba/

O cómo liarla con una varita mágica.

PD: El azul siempre ha molado mucho más. ¡Viva Primavera!

«Puedo escribir los versos más tristes esta noche»… pero casi mejor me voy a ir de cañas.

El laaaargo camino al curro. La maldición de la gran ciudad, pero el transporte público y yo somos colegas. Canal, línea roja. Subo al vagón y hoy me toca estar de pie porque llevo mi maleta para llenarla de ropa de invierno en Zaragoza.

Repaso a los viajeros de un vistazo. 1 metro más allá tengo sentado a la versión ∞.0 de Tom Ripley, con gafas incluídas. Me da pena cuando se baja en San Bernardo para continuar con su vida de ambigua perversidad, ahora ya lejos de la mía. Al chico de melena que está apoyado en la puerta le gusta la rubia de enfrente, que ignora al universo con la mirada perdida. En el vagón contiguo, uno que su vida es el hip-hop.

Tengo sentada frente a mí a la enésima lectora de Stieg Larsson de esta semana. Me gustaría que alzara la vista para decirle que ayer ví a un clon de Lisbeth Salander, pero no hay suerte. Próxima estación: Noviciado. Y se sube un tío que es pura buenez. Pero vamos a ver, ¿a mí cuándo me han gustado los pijorros? Me lo quedo observando. Él se da cuenta y agacha la cabeza. Tampoco he sido tan indiscreta, pero si se cree que me voy a avergonzar por recrearme un rato lo lleva claro. Mirar es gratis.

En Ópera corro hacia el ramal que va a Príncipe Pío. Un tren con dos paradas que no hace más que ir y venir todo el tiempo. Una vida triste, aunque bastante útil. Llego justo a tiempo para presenciar, casi a cámara lenta, cómo se me cierran las puertas en las narices. El cantante de Sidonie entona «Marcelo, Marcelo, ¡no me dejes así!». No puedo evitar reirme. Me subo en el siguiente y la estación de destino me recibe con filas de hormigas humanas y un señor que ha puesto una manta en el suelo y compone su particular altar con tarjeteros de plástico, mientras repite sin cesar: «Abono transporte, abono transporte, abono transporte…» Allá cada uno con sus mantas y sus mantras.

Subo al autobús, en la parte de atrás tengo sentado a un dandy del extrarradio (última vez que cito a Sidonie, de verdad). Cierro los ojos, es la hora de la siesta. Sueño que Gigi viene a tomar café a mi casa. «Gigi, ¿por qué dejaste a Momo? ¿No es mejor ser un humilde cuentacuentos junto al amor de tu vida que convertirse en estrella mediática?» Gigi contesta que él sólo quiere vivir de lo suyo. Ya, como todos.

Ding, dong, Avon llama. Otro día más de trabajo, me bajo a ser otra por unas horas. Esta es mi parada.

Con el premontaje ya acabado (gracias Elena, ¡eres muy grande!), el domingo me vio amanecer con dos mantas encima de la colcha y las bacterias del catarro en proceso recesivo. Pili me despertó (ella también con su trancazo correspondiente), mi abuelo, igual de enfriado que yo, no podía mover las piernas y había tenido que desayunar en la cama.

Tampoco es algo tan inusual, el yayo Daniel es muy mayor y esto le pasa siempre que está bajo de defensas. Sólo significaba que tendría que estar un poco más pendiente de él hasta que volvieran mis padres.

Pili se marchó, a curarse lo suyo. Yo me quedé frente al ordenador. Intenté ver el corto una vez. No pude. No había suficiente distancia como para aguantar un visionado completo. Un par de mails y un paseo para comprar el pan. Volví a casa y mi abuelo seguía en la cama, sin hambre. Paciencia.

Ya eran las seis menos cuarto cuando le convencí para que comiera algo y bebiera agua. Calenté las lentejas, preparé una bandeja y me senté con él en la cama, a sujetarle la espalda mientras se esforzaba por no derramar el contenido de cada cucharada. Conforme iba tragando le iba mejorando el color. Un Membrado que come es un Membrado un paso más lejos de la tumba.

«Abuelo, ¿sabes por qué he estado tan liada estos días, que no he hecho más que venir de Madrid y no parar en casa?». Obviamente, el yayo Daniel andaba muy intrigado. Le expliqué lo del corto. Le expliqué qué era un corto, cómo me había currado el proyecto y había pedido la financiación, cómo se hacía, etc. Mi abuelo escuchaba con atención, mientras tragaba lentejas. «¿Y eso para qué te sirve?». Entonces fui yo la que tragué. Saliva. Pero la explicación me quedó casi redonda. Le dije que demostraba mi iniciativa, mi capacidad de organización y de trabajo en equipo. Le dije que además era una experiencia alucinante, que había podido trabajar con gente estupenda y que había aprendido muchísimo. Le conté que su hija actúa en la peli. Le dije que sobre todo me había servido a mí, para sentirme capaz de hacer cosas por mí misma y para ver que puedo afrontar los retos que me proponga.

«Eres muy valiente». Siempre que me dice eso tengo que respirar hondo y aguantar las lágrimas. Yo no he tenido que coger un fusil, no he emigrado por necesidad, no he pasado hambre, no he vendido todo lo que tenía para irme a la ciudad a empezar de cero… Pero según mi abuelo, soy valiente. Pequeña en estatura y en edad (desde su perspectiva, claro está), pero valiente.

Como ya nos habíamos metido en vereda emocional, me preguntó por mis amores. Bien, gracias. «Mientras tú estés contenta, haz lo que te parezca». Mi abuelo siempre ha sido genial con estas cosas, no me inculca ese temor femenino, tan a lo Bridget Jones, a acabar sola y devorada por pastores alemanes (¡mis perros favoritos!). «Yo tuve mucha suerte con tu abuela». Y me cuenta por enésima vez, su historia. Estoy preparada para escuchar, sonreir, asentir y reirme en los momento adecuados. La conozco de memoria y la disfruto siempre como la primera vez.

Resumiendo: chico de un pueblo de Teruel conoce a chica el día del bautizo de esta (mi abuelo tenía cuatro años). Pasa el tiempo, una guerra civil y mi abuelo está en la mili. Un permiso, una verbena de pueblo. La saca a bailar  una vez, espera unos turnos, la vuelve a sacar. Al día siguiente la saluda y unos días más tarde, ya desde Olot, le escribe la primera carta. Cuatro años de noviazgo, la boda, una familia y toda la vida ganando pequeñas batallas cotidianas. Nietos, la enfermedad de mi abuelo. Mi abuela muere hace ahora casi diez años. El yayo Daniel se queda un poco más solo, pero seguimos estando los demás.

Una historia que tal vez sólo sea especial para los que la hemos vivido, para los que hemos tenido y tenemos el privilegio de aparecer como figurantes, secundarios y hasta protagonistas en algunas de sus escenas. Una historia que desde luego es muy importante para mi abuelo, es la historia de su vida. Y también es importante para mí, ya que sin todo ese cúmulo de casualidades, sin esa realidad que aplasta y te empuja a seguir adelante, una servidora no estaría aquí dando por saco y con ganas de seguir con esta pequeña revolución diaria. 

Gracias, abuelo. Por hacer de tu historia la mía y por darme la posibilidad de seguir contando.

«Yo confío en ti»,  me dijo ella mientras los ojos se me iban detrás de una mulata de metro ochenta. «Confío en ti», fue su frase. Pero en realidad lo que quería decir era: «Si me haces daño te arrancaré el corazón y se lo tiraré a una manada de lobos salvajes para que jueguen con él antes de comérselo».

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Teasing and braiding can, like any craft, be learned. But as to determining which episodes hold promise (as oysters hold pearls), it is not without justice that this art is called divining.

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