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Tenemos tendencia a proyectar nuestros sueños y frustraciones en los demás: “Deberías dedicarte a la fotografía”, “Tú vales para la medicina”, “¿Que el circo ha llegado a la ciudad? ¡Pues únete!”.

Muchísima gente me ve como una profe con mayúsculas. Más allá de mi calidad como profesional de la enseñanza (de la que no estoy muy segura: improviso demasiado, soy muy exigente con los alumnos y me importan un pito los sucesos del día en cuanto salgo por la puerta), lo cierto es que me he ganado esa imagen a pulso. O si no, ¿por qué respondo que soy profesora cuando me preguntan a qué me dedico? La respuesta adecuada me la sé de memoria: “Escribo, y hasta que eso me dé de comer me gano la vida dando clases”.  Y sin embargo, la articulo poco.

Hubo un tiempo en el que sí me planteé la enseñanza, pero la de mi idioma, esta lengua hermosa con la que traduzco mis sueños y mis historias. Quería “evangelizar” el español como segunda lengua pero saltándome el chunguerío colonialista. Tendría que haber estudiado hispánicas, ¿no? Creo que me arrepentí durante dos segundos de no haberlo hecho. Durante mis años de estudiante mi asignatura favorita, en la que tuve los mejores profesores, siempre fue Lengua. Nunca inglés. Inglés era una cosa que estudiaba dentro y fuera del colegio y que me sacaba sin ningún esfuerzo. Lengua eran los cuentos, los poemas, las novelas. Era saber que con los sustantivos damos nombre a la realidad que nos rodea, que los verbos son acciones, que los adjetivos clasifican, diferencian y personalizan. La palabra, el sintagma, la oración, el texto y el discurso. Casi todos los sentimientos más profundos que he sentido los he expresado en español, siempre el faro de mi idiolecto emocional.

Pero volvamos a la chica. Con tu nivel de inglés, con tu carrera y con más de la mitad de tu familia dedicada a la educación… 2+2= profesora, ¿no? Puede que las matemáticas sean una ciencia exacta, pero la vida no lo es. Hay demasiada gente a la que le parece que soy esa clase de persona que siempre coge el camino más recto. No es que me las dé de imprevisible (bueno sí, es mi peli y la cuento como quiero), pero no podrían estar más equivocados. Me encanta coger el camino más largo, dar rodeos y sentarme a descansar a la sombra de un árbol. Y lo seguiré haciendo.

Pero cuando eres de provincias a veces parece que la falta de pragmatismo o la búsqueda de nuevos horizontes te apartan de tus raíces. Porque si tengo todo lo necesario para estudiarme una oposición, ¿por qué no me la saco? Con el debido respeto a todos aquellos que alguna vez se han hecho esta pregunta sin más objeto que la pura curiosidad y las ganas de verme asentada y con la vida resuelta: Soy Sagitario, soy un culo de mal asiento atrapado en un trasero anodino. Vivo perdida en mi mundo 24 horas al día aunque tú, vosotros y ellos no lo sabréis jamás. Soy la nuera perfecta que un día saldrá de su casa maleta en mano para no volver. Sé que si sopla el viento del Este, ya no hay nada que hacer. Mi única constante es narrar hacia delante. Yo llamo felicidad a lo que muchos de los que me quieren bien llaman “plan de vida de la futura suicida”. Y por seguir con la tónica adolescente: Esa oposición… sacadla vosotros y que os aproveche.

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Difuso y grabado a fuego en la memoria. El folclore tiene estas cosas. Hoy: el extraño caso de la rima de las urracas (“picarazas” en mi tierra y bellas “magpies” en el mundo anglosajón). Una rima para niños que aprendí de mi queridísima Martha y de la que sólo recordaba los cuatro primeros versos. Gracias a Internet, doy con más de una versión.

One for sorrow

Two for joy

Three for a girl

Four for a boy

Five for silver

Six for gold

Seven for a secret

never to be told

Eight for a kiss

Nine for a wish

Ten is a bird you must not miss/Ten for a time of joyous bliss/Ten is a letter

Eleven for worse

Twelve for better

Los versos en azul son aquellos sobre los que he encontrado desavenencias, así que elegid vuestra propia versión. ¡Ah! Y cantadla cada vez que veáis a las pequeñas amantes de las cosas brillantes (pero sólo hasta el número exacto de pájaros que tengáis delante, que si no da mala suerte).

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche”… pero casi mejor me voy a ir de cañas.

La mendicidad es un cáncer aquí en la capi. Ya la viví con esplendor en Glasgow, pero como tenía ese halo de peligro marginal y un mendigo escocés carente de dientes y borracho es muy difícil de entender,  pues me daba más miedo que lástima.  El caso es que en Madrid hay (desgraciadamente)  muchísimos mendigos y de muy variadas procedencias. Está el abuelo de la puerta del Caprabo, con el que se me encogía el corazón cada vez que me tocaba hacer la compra este verano. También está la Phoebe de Suchil, una yonki que siempre va con su perrico, con menos dientes que cuerdas en la guitarra, que tiene cáncer de estómago y sólo se sabe Yolanda y Lucía. Pero el premio gordo se lo llevan una pareja de mendigos que duermen en un portal al final de mi calle y que (redoble de batería, por favor)… ¡tienen un Mac!

Una noche antes de que el invierno se nos metiera en el  cuerpo, volvía a casa tan tranquila y de repente los ví allí acomodados entre sus cartones, pegados a la minipantalla del portátil. Fue una aparición. Fue el fantasma de Valle-Inclán mandando saludos  a través  de una ouija digital. Resumiendo, fue muy grande. Tanto que lo contaba y la gente, obviamente, no se lo creía. Pero hoy  he vuelto  acompañada y ahora tengo testigos. Es una pena, pero los mendigos internautas no son un producto de mi imaginación.

El caso es que nos ha entrado la risa. Y claro, se nos han ocurrido los mil grupos de Facebook:

-Mendigos con portátil.

-Mendigos hackers.

-Mendigos que roban wifi.

-Mendigos que roban wifi a otros mendigos.

-Mendigos que en lugar de pasar la gorra se abren una cuenta en Paypal.

-I-homeless (este es de Kaik)

-Mendigos que venden cajas de cartón por E-bay.

Tengo muchísimas ganas de crearlos, pero me da cosica por si los encuentran  y se hacen fans.

También hemos hecho un poco de brainstorming con los posibles “tweets”, véase: “Ofertón en Día: cartón de Cotoserano a 0.60€”, “Disfrutando de mi nueva caja. Es Balay.”, “Temperatura bajando a 0º”, etc.

Crueldades infinitas aparte, desconozco qué maravillosa y trágica historia habrá detrás de esas dos personas conectadas al mundo desde su hogar de cartón, pero el resultado es desternillante. Y ahora me tengo que marchar, que me he mordido la lengua y me voy corriendo al hospital a que me pongan un antídoto. Buenas noches.

Una silla digna de mi oficio y experiencia.

Una silla digna de mi oficio y experiencia.

-Que la soledad del director mola muchísimo menos que la del guionista.

-Que todavía no sé si sentirse con la capacidad, los medios y la posibilidad de que las cosas pasen me compensa frente a una responsabilidad tan grande.

– Que odio sentirme como el patrón de una plantación de algodón.

– Recordar que la gente sigue haciendo las cosas de corazón, porque les gustan y sin cobrar (mal, muy mal, TODOS tendríamos que ganar pasta con esto). Resumiendo: Que sigue existiendo la vocación y que yo estos días me he apropiado de un buen cacho.

-Que si no me gusta rodar con niños desde luego no es por su presencia. Los míos se han  portado genial y lo hacen como auténticos cracks, pero me siento demasiado culpable cada vez que les hago repetir una toma.

– Que las resacas pueden ser bien productivas cuando TIENES que cumplir un PLAN DE GRABACIÓN.

-Que sigo teniendo pánico infinito a cagarla en cualquier momento y que en cualquier momento puedo cagarla.

– Que puedo soñar con montajes cutrísimos. (Esto es muy positivo: ¡sueño con montajes! Seguro que significa que ya pienso un poquico más en imagenes.)

 -Que dirigir a actores de edad avanzada puede ser bastante jodido, aunque impongas autoridad.

-Que no sé nada de cámaras, ni de encuadres, ni de ejes, ni de iluminación… ni de hacer las cosas bien en general.

-Que ODIO la producción , aun con todo lo necesaria que es y lo poco reconocida que está.

-Que  a una niña en un rodaje le pueden salir veinte madres y se puede sentir cómoda y contenta con todas ellas.

-Que es horrible recordar a cada momento que mis amigos, familia y demás gente a la que he engañado para que echen una mano (y un brazo, un pie, y su cuerpo y  mente)  en este embolao que he montado valen su peso en oro y yo no tengo ni un puto lingote que darles.

-Que lo que más me relaja después de estar haciendo de negrera durante horas es salir a emborracharme hasta las mil (¿Y la nena tenía que hacer un corto para darse cuenta de esto, si lleva siendo alcohólica desde los diecinueve? Pues parece que sí.) 

-Que el próximo corto que haga será de un caracol -SÓLO de un caracol- en una de las plantas de mi madre. Y lo grabaré con una videocámara casera.

¿Qué le puede faltar a una película? Vale, esta es una pregunta con múltiples respuestas. Pero hay dos cosas que aseguran el entretenimiento en una sala a oscuras: las palomitas y los besos. Los besos te los pueden dar a ti y eso está muy bién. Molan los que te das cuando pasa alguna cosa que os concierne a los dos, cuando hay una carcajada cómplice (estos suelen ser piquitos) o cuando te estás limpiando los lagrimones con el pañuelo todo empapado y mocoso y una mano te agarra la barbilla para girar tu cara con suavidad y atraerla hacia la suya. También son geniales esos morreos furtivos, que imitan a los de los protagonistas, cuando aparecen los títulos de crédito. Hay infinidad de besos que se pueden dar en el cine, pero pocas veces superarán a los auténticos: los que aparecen en pantalla. Aquí dejo una recopilación de tres momentos “beso” que me encantan.

1- Por el voyeurismo, por sus símbolos y por el significado que la escena  tiene dentro de la película.

2-La cosa más tierna que yo haya visto en una pantalla de cine. Cada vez que la veo me entran ganas de llorar y reir a la vez y en mi MP3 mental se activa “Lola” de los Brincos (La besé en la cara/la besé en los labios/ella sonriendo/me miró).

3-La tercera es simplemente sublime, porque no hay beso, pero sí hay “son preciosos nuestros besos aunque nadie pueda verlos”. Precisamente, eso es lo que los hace únicos (como único es el trastorno mental que me producen Before Sunrise y Before Sunset cada vez que las vuelvo a ver).

P.D.: Mi amigo Edu  aplaude cuando nos traen la comida en los restaurantes. Olguita y Pierre saben muy bien que yo aplaudo cuando en la serie o en la peli de turno los amantes se dan por fin el lote.

Con todos/as ustedes: El corrector de Word. Un cortometraje de principiante absoluta que se ha podido realizar gracias al trabajo de: Violeta Puyuelo, Olga Sanz, Aitana Enciso, Elena Salazar y Rubén Enciso. Ellos me ayudaron a convertir esta idea en imagénes (no sé si se le puede llamar “cine” a esto, la verdad). Gracias a Javi, lo puedo publicar aquí.

UN CONSEJO: Dejad que se cargue entero primero, para verlo bien.

UNA DISCULPA: He trasnformado el archivo yo misma para subirlo a Vimeo, así que la calidad deja un poco que desear, porque no soy una experta.

UN AVISO: Si no te guta el corto, mala suerte. El minuto no se devuelve.

 

 


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Teasing and braiding can, like any craft, be learned. But as to determining which episodes hold promise (as oysters hold pearls), it is not without justice that this art is called divining.

PARTIDA DE NACIMIENTO