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El laaaargo camino al curro. La maldición de la gran ciudad, pero el transporte público y yo somos colegas. Canal, línea roja. Subo al vagón y hoy me toca estar de pie porque llevo mi maleta para llenarla de ropa de invierno en Zaragoza.

Repaso a los viajeros de un vistazo. 1 metro más allá tengo sentado a la versión ∞.0 de Tom Ripley, con gafas incluídas. Me da pena cuando se baja en San Bernardo para continuar con su vida de ambigua perversidad, ahora ya lejos de la mía. Al chico de melena que está apoyado en la puerta le gusta la rubia de enfrente, que ignora al universo con la mirada perdida. En el vagón contiguo, uno que su vida es el hip-hop.

Tengo sentada frente a mí a la enésima lectora de Stieg Larsson de esta semana. Me gustaría que alzara la vista para decirle que ayer ví a un clon de Lisbeth Salander, pero no hay suerte. Próxima estación: Noviciado. Y se sube un tío que es pura buenez. Pero vamos a ver, ¿a mí cuándo me han gustado los pijorros? Me lo quedo observando. Él se da cuenta y agacha la cabeza. Tampoco he sido tan indiscreta, pero si se cree que me voy a avergonzar por recrearme un rato lo lleva claro. Mirar es gratis.

En Ópera corro hacia el ramal que va a Príncipe Pío. Un tren con dos paradas que no hace más que ir y venir todo el tiempo. Una vida triste, aunque bastante útil. Llego justo a tiempo para presenciar, casi a cámara lenta, cómo se me cierran las puertas en las narices. El cantante de Sidonie entona “Marcelo, Marcelo, ¡no me dejes así!”. No puedo evitar reirme. Me subo en el siguiente y la estación de destino me recibe con filas de hormigas humanas y un señor que ha puesto una manta en el suelo y compone su particular altar con tarjeteros de plástico, mientras repite sin cesar: “Abono transporte, abono transporte, abono transporte…” Allá cada uno con sus mantas y sus mantras.

Subo al autobús, en la parte de atrás tengo sentado a un dandy del extrarradio (última vez que cito a Sidonie, de verdad). Cierro los ojos, es la hora de la siesta. Sueño que Gigi viene a tomar café a mi casa. “Gigi, ¿por qué dejaste a Momo? ¿No es mejor ser un humilde cuentacuentos junto al amor de tu vida que convertirse en estrella mediática?” Gigi contesta que él sólo quiere vivir de lo suyo. Ya, como todos.

Ding, dong, Avon llama. Otro día más de trabajo, me bajo a ser otra por unas horas. Esta es mi parada.

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Sabía que esto tenía que pasar tarde o temprano. Esta mañana iba en el metro, de camino a una entrevista de trabajo que no era de lo mío (pero hay que comer y pagar un alquiler), cuando me he dado cuenta de que tres asientos más allá de la barra en la que estaba apoyada había una chica leyendo… ¡un guión! He reconocido el formato enseguida, con su numeración de escenas, sus mayúsculas, sus descripciones y parlamentos. El corazón me ha dado un vuelco, pero mis gafas de miope de la era digital sólo me han permitido distinguir los nombres de tres personajes: ANTONIO, LORETO y MILLIE. ¿Era una biblia? ¿Era un largometraje? No lo sé,  lo único que tengo claro es que me he emocionado y he comprobado que en el transporte público zaragozano hay tres cosas que es prácticamente imposible que pasen:

1- Ir en metro (al menos de momento).

2- Que la media de edad de los pasajeros

del 35 no supere los 60 años.

3- Espiar a tus compañeros de viaje y

encontrarte con alguien leyendo un  guión.

Es oficial. De aquí no me sacan ni con agua caliente.


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Teasing and braiding can, like any craft, be learned. But as to determining which episodes hold promise (as oysters hold pearls), it is not without justice that this art is called divining.

PARTIDA DE NACIMIENTO