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Debería tener los poderes de Cíclope y quitarse las gafas delante de un espejo.

Debería tener los poderes de Cíclope y quitarse las gafas delante de un espejo.

 

Ya está Risto repartiendo justicia. Con una postproducción de imagen que da miedo y unos contenidos aún peores, Telecinco estrenó la semana pasada su apuesta para sustituir a la infame (aunque muy bien acogida) Escenas de Matrimonio.  En G-20 Risto es la marioneta que sirve para que los adoradores de Aquí hay tomate recuerden tiempos mejores. Sin su silla, pero todavía con gafas de sol, el sobrevalorado publicista interpreta con bastante dificultad su papel de cínico perdonavidas por encima del bien y el mal.

 La ironía es la sal de la vida. El sarcasmo es un divertido y útil grito desesperado por salir del hoyo, pero el cinismo, ¿para qué narices sirve el cinismo? No es constructivo, no satisface y envenena más que divierte. Tiene el mismo papel que las afrentas baratas con las que se llenan los folios en blanco de esos redactores “tomateros” que parece que por las noches vuelvan a su nido a recargarse los colmillos con cianuro. Y lo peor de todo es que algunos de los temas elegidos podrían ser material válido para un poco de debate, para despertar alguna de las dormidas neuronas de la audiencia. Sin embargo estos temas se quedan en una mera anécdota, en un frotarse las manos a la ansiosa espera de la retaíla de descalificaciones inútiles que vendrán a continuación.

 Viendo las audiencias que está consiguiendo este programa, me viene a la cabeza una frase que ya he oído demasiadas veces (tanto de boca de profesionales del sector como de gente que son meros espectadores): “Tenemos la tele que nos merecemos”. De acuerdo, suena a cinismo puro. Por desgracia, en ocasiones así es facil caer en la trampa y pensar que es completamente cierta.

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A mi padre lo presentaba Ana Rose

"A mi padre lo presentaba Ana Rose"

A veces me gusta creer en el infierno. No me lo imagino como un concierto de Iron Maiden, lleno de llamaradas gigantes  trepando hacia las alturas. Tampoco es un lugar en el que tengo que hacer un castillo de naipes de seis pisos y cuando coloco la última carta se va todo a tomar por saco. No sé muy bien cómo es el infierno, pero de lo que sí estoy segura es de que hay una cosa llamada Oficina de Correos del Karma.

La Oficina de Correos del Karma es un organismo que funciona de la siguiente forma:  Cada vez que soy borde con alguien, cada vez que hago un chiste cruel o que me quejo sin motivo, a la Oficina de Correos del Karma llega un telegrama. La maquinaria se pone en marcha enseguida y envía la respuesta: una mala resaca, un nuevo disco de La Oreja de Van Gogh,  una maldición gitana… Las posibilidades son ilimitadas.

¿Y todo este rollo para qué? Pues porque en la sobremesa de ayer  recibí la última venganza de la Oficina de Correos del Karma, un programa de televisión  llamado De Buena Ley, que Telecinco emite (vía línea directa con el infierno, claro está) de lunes a viernes.

Todo, absolutamente todo en De Buena Ley es más falso que un duro de madera. El guión se nota hasta con los ojos cerrados y los oídos tapados, los presentadores están sacados en serie del pérfido molde de la cadena amiga y el público… Bueno, el público merece una mención aparte. 

Al principio pensé que se trataba de actores. La lógica me decía que era imposible contratar a tanta gente, y mucho menos para un programa diario, pero es que todo era muy impostado. Luego llegué a la conclusión de que eran personas de la calle, pero que por supuesto les marcaban cuál debía de ser su línea de opinión y cuándo debían expresarla. Al final la gente pasaba rápidamente de la crítica al insulto y allí solo faltaban Tito Pulo, unas espadicas y unos leones para completar la jugada.

En fin, una prueba más de que la Oficina de Correos del Karma no cierra por vacaciones. Ah, y además es un remake de Veredicto. Una mierda de primera. Literalmente.

Ayer se estrenó el nuevo programa de Javier Sardá en Telecinco: La Tribu. Por primera vez en muchísimo tiempo, apreté el número cinco de mi mado para ver algo emitido por la cadena amiga. Y el resultado fue el esperado.

La Tribu es una mezcla entre Crónicas Marcianas, paradigma del Sardá catódico, y Duti Fri, su anterior asalto a la pequeña pantalla, con el que cosechó cierto éxito mientras se paseaba por diferentes enclaves del globo  juzgando por encima del hombro todo lo que se movía. Con Mercedes Milá, Carlos Latre y Boris Izaguirre como pilares de apoyo, el periodista y showman catalán saca adelante un programa de entretenimiento que quizá gustó a sus incondicionales, pero para el resto solo fue más de lo mismo. Lo mejor de todo era ver a mi novio haciéndose cruces con Boris Izaguirre (él no es de aquí y no conoció el Crónicas): “Pero, ¿por qué Boris no habla de política internacional como en la radio?”.

En fin, un pequeño viaje en el tiempo en el que los elementos (presentador, colaboradores, secciones, ritmo, etc.) recuerdan a tiempos mejores, pero solo en lo  que a éxito de público se refiere. Menos mal que las pausas publicitarias de La 2 tampoco fueron eternas y pronto pudimos ir bastante más atrás en el tiempo y movernos hacia el oeste en el espacio. Más en concreto a sudamérica, con un jovencísimo Ché Guevara y la belleza visual y narrativa de Diarios de Motocicleta.


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Teasing and braiding can, like any craft, be learned. But as to determining which episodes hold promise (as oysters hold pearls), it is not without justice that this art is called divining.

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